13.1.14
En algún momento del capítulo 12...
Muchas veces he estado al borde del cansancio y la devastación. ¿Cómo? Sin dormir, con el cuerpo gritando de dolor, con más pertenencias que dignidad. No se trata de una competencia de "a ver quién sufre más". Hay veces que una pizca de soledad hace la diferencia para poder dirigir mis pensamientos e ideas al lugar a donde quieren ir.
Muchas veces estoy muy a prisa, tropezándome por los pasos tan rápidos que se apuran entre sí. Entonces no me queda tiempo para pensar en qué hacer con tanta sensibilidad; qué hacer con esta, en ocasiones, muy molesta forma tan diferente de ver las cosas. Parece que la mayoría de personas tiene sus pensamientos demasiado enfocados, como en una cámara con el diafragma muy abierto y una profundidad de campo muy reducida. Yo veo demasiados detalles. Y la palabra "demasiado" no debe ser prostituida jamás. No lo es en mi caso en que, de verdad, es demasiado; tanto que a veces quisiera estar ciega para ver solo lo que debería ver.
Muchas veces simplemente no veo nada, y ese extremo no es bueno. No veo el futuro con mis planes (porque "NO LOS HAY"). No veo lo que siempre he deseado. No sé qué es lo que siempre he querido y por qué carajos dice la gente que siempre hay forma de conseguirlo. Que "el universo conspira a tu favor". Esas son estupideces, no hay nada más falso e inútil que tener un sueño por el cual luchar. Yo solo hago lo que quiero, cuando puedo y como puedo. Ya no tengo tiempo de soñar, el tiempo nunca se detiene y por eso no le agrado. Yo soy demasiado perezosa y el tiempo está harto de mi actitud tan pasiva ante la majestuosidad de la vida que se despliega ante mis ojos. La vida en su grandeza que me ha hecho tan insignificante. Quiero cantarle en su cara a ver si piensa lo mismo.
Una vez más surge esa batalla entre mi muy conocido sentido optimista y mi inseparable lado pesimista que tanto amo, cual víctima con Síndrome de Estocolmo. No quiero más sexo de una noche. No quiero más indiferencia ante mi grandeza. No quiero estancarme en mis ideas. No quiero que mi juventud sea robada por mi inseguridad. No quiero ver a nadie. No quiero estar sola. Me aterra la idea de estar sola. He estado sola mucho tiempo, con mucha frecuencia, por muchos años y desde hace muchas vidas, puedo sentirlo. He estado en lugares donde no conozco nada, pero tengo la certeza de pertenecer ahí. He pertenecido a lugares donde jamás he estado. He recorrido pieles que me queman, y he conocido almas que no tienen piel. He acabado con la sensación de que la vida dura demasiado, porque ahora todo sucede muy de prisa.
Las edades terminan y no hay forma de estar consciente en el momento en que una le da paso a la otra. La colección de amores va creciendo mientras recuerdo cuando más de una vez pensé que amaría a una sola persona por el resto de mi vida. No son más que los restos fúnebres de todos los romances que he coleccionado con o sin permiso de mi contraparte. He tejido historias inentrelazables. He lidiado con mi prodigiosa e inútil capacidad de crear desorden desde la más completa calma, que solo se compara con mi inigualable impulso de autosabotaje que nace desde la remota pero real idea que vive en mí, como un parásito, de que no soy un organismo merecedor de nada que se pueda considerar como -mejor- a esto que ya tengo (o no).
Hay otros muchos tipos de personas, y yo creo que no cuadro en ninguno de ellos. Más bien veo los ideales derrumbarse una y otra vez hasta que creo que ya no existen, son solo entes oníricos, irreales, que se aparecen de vez en cuando para dar una explicación a las inexplicables acciones que nos doblegan día con día. Y se vuelve cotidiano. Y todo lo pienso cotidiano hasta que recuerdo que de nuevo tengo que salir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)